lunes, 28 de marzo de 2016

LOS CACIQUES. TRES ERAN...

             Me he permitido comenzar este artículo con un par de tercetos del poema “Epístola satírica y censoria” de Francisco de Quevedo y Villegas, que para mí, es junto a Miguel de Cervantes, a partes iguales, el más grande literato de la lengua española de todos los tiempos, pero además, su pensamiento, ofrece algunas ideas que considero muy avanzadas para el tiempo en el que vivió. En los versos que siguen a continuación manifiesta un sentido de la libertad que ya quisiera yo que muchos de nuestros políticos actuales nos mostraran algo parecido frente a la banca y la Europa de los mercaderes.

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre hay que sentir lo que se dice?
¿Nunca hay que decir lo que se siente?

Antigua hacienda de Pérez. Foto: Francisco Atanasio Hernández
            Los caciques.
        El caciquismo es un viejísimo sistema de relaciones entre un grupo de potentados y terratenientes de un  pueblo y la mayoría de sus vecinos, según el cual, dejan de tener valor alguno cualquier tipo de leyes escritas que regulen las relaciones de la sociedad, a favor, claro está, del predominio de los caciques, que son los que imponen su ley dirigidos bajo mano por el gobierno de la nación, la cual no puede ser otra que la del más fuerte, y ahí están ellos precisamente para imponerla. Además, se rodean de un grupo de gente ambiciosa, más o menos bien situados que actúan de correveidiles, y que son en realidad los que mantienen controlada a la población, dada la importancia de las informaciones que proporcionan, y por cuya labor obtienen reconocimiento social y suculentas recompensas en especie.

            A lo largo de nuestra historia, el arcaico sistema caciquil ha ido acompañando siempre a los períodos de mayor perversión y corrupción de la historia de España, como lo fueron el largo período seudodemocrático instaurado por Cánovas del Castillo y Sagasta, y que gracias a los caciques posibilitaba que periódicamente los partidos se turnaran en el poder, a cuyo simulacro democrático, se le llamó grotescamente “turno”, luego continuó con la misma intensidad durante la dictadura de Primo de Rivera, y posteriormente, volvió a resurgir durante la dictadura franquista, que por si le faltaba algo de podredumbre se apoyó en los caciques de los pueblos para eternizarse en el poder. Sólo durante el corto período de la II República (1931-1939) dejó de tener fundamento el caciquismo.

            Durante el franquismo, los caciques volvieron a ser los oscuros personajes que dirigieron los destinos de la población, y es que es a través de este sistema de valores, por el que hicieron su negocio los estraperlistas de la época en los pueblos, pues como es conocido por diversos medios, eran quienes controlaban desde sus posiciones políticas y sociales el racionamiento alimentario de sus pobladores, con el beneplácito de las autoridades de la urbe, y mientras la gente pasaba hambre, muchos de ellos se hicieron ricos con los productos que se apropiaban y que después vendían a precios desorbitados.
            Muchas veces, hemos escuchado de nuestros mayores algunas escalofriantes historias de esta época, y no se puede dejar de recordar que muchas familias del pueblo fueron desposeídas de sus casas y de sus tierras a cambio de que no fuera denunciado por “rojo”, aprovechándose de que ninguna autoridad de entonces se paraba a cuestionar la palabra de un sicario, lo que suponía para el denunciado, la cárcel como mínimo, y por esa razón, algunas familias, cedieron a los innombrables chantajistas de entonces, el fruto de toda una vida de trabajo y sacrificios.
Edificio donde estuvo el Cine Isabelita
         Algún cacique de este pueblo, tuvo algunos gestos que se pueden calificar de humana compasión con los más débiles, dando trabajo remunerado o aparcero, a gentes humildes que lucharon con uñas y dientes para sacar a sus familias adelante, pero otros en cambio, no dudaron en demostrar sus más íntimas miserias humanas desde el poder omnipotente que le daba su situación de privilegio, y no se conformaba con explotar a la gente que caía en sus redes, sino que además, si se negaban a trabajarle gratis los domingos, o cualquier otro capricho de su desconsiderada inexistencia de escrúpulos, entonces les chantajeaba con retirarles la cartilla de racionamiento, y si la persona coaccionada se mantenía firme en su propósito, cumplía su amenaza y dejaba a la familia sin pan u otros productos de necesidad racionados, y es que estos peligrosos personajes, durante el franquismo tenían licencia para todo tipo de tropelías, pues en realidad las autoridades en el pueblo eran ellos mismos. 

        Por todo eso, si alguien quería ser considerado buen cristiano y buen vecino entre los mandamases de la población, no podía dejar pasar la oportunidad que le brindaba la Primera Comunión de sus hijos. Ese día, sin dudarlo un solo instante, tenía que llevar a su hijo bien vestidito de marinero, de serio gris, o de blanco inmaculado si era niña, a los caciques del pueblo para que los bendijeran. Y allá que iban las mamás con sus niños o niñas bien ataviados con sus hermosas ropas de Comunión, ostentando no sé qué poderío económico, porque al día siguiente la mayoría de esas familias no tenían qué comer, a que los verdaderos amos del pueblo y de la voluntad de la gente les dieran su bendición y alguna pequeña moneda de reconocimiento a su fidelidad y sometimiento al sistema.
Huerto de San Pedro. Foto: Francisco Atanasio Hernández
            El caciquismo del postfranquismo
Desgraciadamente para los españoles, el espíritu del caciquismo no desapareció con la dictadura, puesto que la reciente etapa seudodemocrática que estamos viviendo se puede considerar como suave continuación del franquismo, porque contiene todos los ingredientes para considerarlo como una etapa de transición del franquismo a un extraño sistema de libertades con fachada democrática, entre cuyos ingredientes destaca el anacronismo de la monarquía y que el rey fue designado por el dictador Franco, y como la monarquía es hereditaria no se somete al sistema electoral de la democracia, y además que la mayoría de los políticos más importantes del país proceden de las instituciones y formaciones políticas del viejo sistema franquista que se han preocupado mucho de mantener las estructuras y los símbolos del viejo sistema dictatorial y menos en mejorar el sistema de libertades.

El inmovilismo de la clase dirigente en general, ha provocado que un siglo después, tanto el período político y social del pasado como el del presente se parezcan como dos gotas de agua, degeneración intolerable de la clase política a todos los niveles y de todos los colores, corrupción generalizada de las instituciones grotescamente denominadas democráticas, saqueo y descapitalización impune de las cajas de ahorro y recapitalización con dinero público para convertirlas en entidades financieras privadas.
Y es que desde los albores de la democracia, una nueva clase, en la mayoría de los casos heredera ideológica de la anterior, aunque aparentemente progresista, democrática y altruista, pero con un fino sentido de la oportunidad y con muy pocos escrúpulos, se ha venido instalando en los órganos de gobierno de los pueblos, y desde entonces lo controlan y lo dirigen todo sin dar cuentas de nada más que de lo que a ellos les interesa.
Edificio donde estuvo el cine de verano. Foto: Francisco Atanasio Hernández
En otras épocas los caciques del pueblo eran gentes adineradas, empresarios mineros y poderosos terratenientes que dirigían o tutelaban cada uno de los órganos de gobierno de la población, acompañados de un grupito de palmeros que apoyaban y aplaudían sus decisiones a cambio de favores. Por lo general eran igual de beatos que su séquito y solían refugiar sus impúdicas babas en una falsa e indecorosa, pero lucrativa, devoción a San Roque y otros santos del lugar, y por todo ello gozaban de poder e influencias suficientes como para cometer todo tipo de tropelías sin temor a que nadie les pidiera cuentas.
La enfermiza devoción por San Roque sigue siendo el refugio más recurrente de los políticos de la actualidad, que unas veces lo utilizan de paraguas para sus oscuros negocios y otras como signo exterior de amor por la patria chica, porque el patriotismo da muy buenos resultados, venga de donde venga. 

En Alumbres, como en muchos pueblos de nuestra geografía, hay un problema de educación en las organizaciones difícil de extirpar, y es que la mayoría de los dirigentes, son continuadores de las formas de gobernar de los que les precedieron, y mientras unos juegan el papel de los antiguos caciques, otros ejercen de fieles sicarios, y enseguida que alguien es elegido o designado para dirigir una organización cualquiera, no hay quien le tosa ya, porque al parecer, los que mandan siempre llevan razón, y los suyos lo respaldan a ciegas “prietas las filas”. Los Estatutos, así como las más elementales normas de funcionamiento de los órganos de dirección, son convertidas en bonitos adornos y dejan de tener utilidad en general.
Y si alguien se atreve a pedir que se cumplan las normas, se expone a ser aislado de los demás y tildado de exigente o extremista, acompañado de una campaña portalera de descalificaciones, propia de otros sistemas políticos más restrictivos.
Hace unos pocos años, el presidente de una organización del pueblo prolongó su mandato durante tres años, y la única reacción que hubo fue la de un pequeño grupo de vecinos que pidieron su dimisión inmediata, mientras que la Federación de Vecinos y el Ayuntamiento de Cartagena se abstuvieron de intervenir y aclarar lo sucedido. Sin embargo, el partido que respaldaba al dirigente mencionado sí se preocupó y mucho, de asegurarse de que la persona que lo sustituyera fuese de su partido, nada más.
Y es que en este país de sol y pandereta, si quieres triunfar en política tienes que ser o un pillo que sepa mentir y embaucar al personal, o un corrupto, no hay mejor ejemplo que mirar superficialmente el mapa político actual y veremos que los pillos y los corruptos repiten una y otra vez en sus cómodos y fructíferos sillones.
Realmente, en Alumbres, hay muy pocos vecinos que estén dispuestos a ofrecer una opinión personal que pueda disgustar a los políticos de turno, aunque tengo que añadir que yo siempre he opinado y actuado según mi escala de valores, y muy pocas veces tuve en cuenta si era o no políticamente correcto, y si iba a sufrir el rechazo y acoso de los dirigentes de turno y sus equipos de limpieza de imagen, ser libre tiene su precio y desde muy jovencito lo tengo asumido, pues no es la primera vez que he sentido el fétido aliento de la inquisición en el cogote.




miércoles, 16 de marzo de 2016

TRES CURAS DISTINTOS PARA TRES MUNDOS DIFERENTES

             A lo largo de la historia de Alumbres, son muchos los curas que han pasado por su iglesia, y a pesar de que todos vinieron con una misión esencialmente espiritual, la mayoría de ellos, siempre estuvieron inmersos en los asuntos de la sociedad, seguramente, porque además de pastores de Dios también se consideraron personas, pero entre la labor social de unos y otros, se puede decir que hubo todo un mundo de diferencias. 
            Los curas de esta parroquia nunca pasaron desapercibidos ante los ojos del vecindario, que por unas y otras razones, siempre ha estado alerta ante el comportamiento de éstos, y unos con más y otros con menos aceptación popular, dejaron su particular huella en Alumbres.
Chicos del cura en la plaza de la iglesia. Foto: propiedad de Francisco Atanasio Hernández
            En determinados momentos, la Iglesia, y como representantes de ella, los curas destinados aquí, tuvieron un importante protagonismo e influencia en el desarrollo de la vida de la sociedad, y en buena medida determinaron el comportamiento, no sólo de sus feligreses, sino de la mayoría de la población.
            En este apartado de los curas, no pretendo valorar la labor de todos y cada uno de los que han pasado por el pueblo, pero sí que he considerado interesante y necesario, realizar una aproximación al trabajo de tres de esos curas, cuya actividad social, estuvo condicionada por sus ideas políticas, y la orientación de la jerarquía eclesiástica, y por supuesto los resultados fueron diametralmente diferentes.
           El informe FOESSA de 1970, calificó a la Iglesia como “el poder legitimador del franquismo”. El clero secular estaba compuesto por unos 30.000 sacerdotes además de un número aproximadamente igual de las órdenes religiosas, mientras que la jerarquía eclesiástica estaba integrada por unos 100 obispos.
            La Iglesia jugó un papel fundamental en la consolidación del régimen franquista, a cambio, se aseguró la remuneración del clero en los presupuestos del Estado, y además institucionalizó su presencia en los más importantes órganos del Estado franquista, como las Cortes, el Consejo del Reino, Consejo de Estado, e introdujo y mantuvo capellanes en los sindicatos, las fuerzas armadas, en las organizaciones juveniles, etc., y además intervino en la censura.
            En 1959, al inaugurarse la basílica del Valle de los Caídos, el primado Pla i Deniel confirmaba la legitimación de la guerra civil como una cruzada, “En el desarrollo de nuestra guerra hay mucho de providencial y milagrosa”.
            La Iglesia, estuvo vinculada estrechamente al Estado franquista desde 1939 hasta la década de 1960, en que comenzó a transformarse hacia una actitud más crítica e independiente.

            El cura D. Mariano Carrillo.
            Éste fue un cura que estuvo por aquí, en la década de los 50, y a finales de ésta se marchó a otro destino. Por entonces, todos los españoles que quisieran estar bien mirados por las llamadas autoridades locales del régimen, tenían que llevarse bien con el cura del pueblo, y abrazar fervientemente la religión católica, apostólica y romana que promulgaba el párroco, por lo que la mayoría de los vecinos, procuraban no incomodarlo, no fuera a ser que su enfado le trajera a casa alguna desgracia de la que tuviera que arrepentirse. Por eso no es de extrañar, que en una época en que la gente, tenía escasez de recursos para alimentar a sus familias, la mayoría de los padres accedieran sin rechistar, a organizar a sus hijos en una especie de frente de juventudes y vestirlos con el atuendo de los requetés.
De excursión en la Fausilla. Foto: cortesía de mi amigo Juancho García
            Pantalón corto color azul, camisa blanca con bolsillos rojos y trabillas en los hombros de color rojo y boina también roja. Más o menos, esa era la indumentaria con que el cura Mariano uniformó a los chiquillos de entonces, a imagen y semejanza de los requetés, que como se sabe no son nada demócratas, sino tradicionalistas católicos y monárquicos, que no obstante, apoyaron a Franco, primero en la guerra y después en la dictadura.
            Durante el tiempo que este cura estuvo al frente de la iglesia de Alumbres, los chiquillos del pueblo, organizados en torno a él, salían de excursión a diversos lugares de la zona y del Valle de Escombreras, como La Fausilla, la playa de los Parales, El Canalote, Las Cuatro Fuentes, etc. Se salía en formación, cantando las canciones de adhesión al régimen, como parte del aprendizaje necesario de las generaciones que aspiraban a ser los hombres del futuro.
            Por supuesto, para los jóvenes de entonces, todo esto suponía una forma más de divertirse, como las misas de gallo en Nochebuena, y las fiestas que le seguían después cantando villancicos y comiendo y bebiendo lo que hubiera en el lugar donde pasaran el resto de la noche, tras pasar por la iglesia de El Ferriol, Roche, Los Camachos...

            Entre D. Mariano y D. Francisco, estuvo oficiando en el pueblo, D. Miguel. Vestía sotana como los clásicos, pero siempre le daban las últimas campanadas de llamada a misa, tomándose la penúltima en la barra del Bar El Patio. Parece ser que su partida del pueblo fue un tanto precipitada, porque según se comentó entonces, tenía o había tenido, un problema en la Térmica relacionado con el celibato de los religiosos.

            El cura D. Francisco Clemente.
            Llegó al pueblo a mediados de los 60, y pronto se le observó una concepción moderna y sustancialmente diferente, que le distinguía de los curas que hasta entonces se habían conocido por aquí.

            Su dedicación a la iglesia del pueblo, era puramente vocacional y no profesional y remunerada como hasta entonces, porque éste, a diferencia de los párrocos que le habían precedido, se mantenía con los recursos económicos que le proporcionaba su trabajo por cuenta ajena, como cualquier otro obrero del pueblo, y en sus horas libres, se dedicaba a los quehaceres habituales de la iglesia y a mantener el fervor religioso de sus feligreses.
            Promovió la organización de los jóvenes en torno a la JOC (Juventudes Obreras Católicas), y fomentó la lectura, y la curiosidad por conocer más cosas que las que estaban a la altura de sus narices, y las mentes de muchos de aquellos jóvenes, empezaron a pensar en algo más que en sí mismos. Algunos de sus discípulos llegaron a ser seminaristas como Hilario Celdrán, y algún otro de Roche. Andrés Conesa Paredes (el Chérif), más que leer, “devoraba” la biblioteca del cura y todo lo que caía en sus manos, y José Carrillo (el Mañas), ayudado y animado por el cura, estudió maestría y posteriormente consiguió ser empleado en el Arsenal de Cartagena. Otros en cambio, además de “devorar libros” de toda índole, creyeron que el campo de acción para poner en práctica sus inmensas ansias de libertad, se quedaba muy pequeño si se ceñían al estrecho marco que le señalaba una organización sustancialmente religiosa como la JOC, y tomaron otros caminos.

Por entonces, se empezó a celebrar el 1º de mayo, como lo que es, día de reivindicación obrera, y en el 1º de mayo de 1967, tanto los militantes de HOAC, como los de la JOC de Alumbres, asistieron a una concentración de militantes de ambas formaciones de la Provincia de Murcia, con discurso incluido, en el patio del Seminario Menor de Murcia, y posteriormente fueron disueltos por los “grises” cuando paseaban por la Glorieta de España (en esa plaza hay una estatua del Cardenal Belluga), cantando los himnos de la JOC y de la HOAC, que como cualquiera puede comprobar cuando lo desee, nada tienen de revolucionarios, o de incitadores a la subversión. Pero entonces, las reuniones estaban prohibidas, y menos mal que era la Iglesia quien organizaba y dirigía el evento, que si no...
Es inevitable recordar, que fueron los jóvenes de entonces, quienes construyeron el salón parroquial que hay adosado al lado Sur de la iglesia. Algunos de aquellos muchachos, ya se ganaban su sueldo trabajando de albañiles por ahí, y en sus horas libres, ayudados por los que no conocían el oficio, pusieron todos sus conocimientos de la profesión y sobre todo todas sus energías y su inmensa voluntad en hacer realidad el proyecto.
Con este cura, se recuperaron viejas tradiciones juveniles, como las excursiones en grupos numerosos a Sierra Gorda, al Canalote, a Las Cuatro Fuentes, y a diversos pinares de la Región de Murcia.
Grupo de jóvenes de los años 60 en Sierra Gorda. Foto: Propiedad de Francisco Atanasio Hernández
Por aquellos años, aprovechando el ambiente de grupo y camaraderil que se había generado, también se organizaban bailes, los conocidos guateques, en casas particulares, especialmente no habitadas, y en cocheras, y los jóvenes empezaron a vislumbrar un futuro menos árido en las relaciones afectivas, y comenzaron a conocerse mejor los chicos y las chicas del pueblo.
Entre grupos numerosos como el que se organizó por aquellas fechas, siempre es posible la formación de subgrupos de gustos más o menos comunes, y eso también sucedió aquí de forma inevitable.
Por entonces, los jóvenes ligados a la iglesia, empezaron a ser llamados con el sobrenombre de “Los Chicos del Cura”, no sólo por lo que se prodigaban en sus actos culturales y lúdicos, sino también por algunas de sus sonadas gamberradas, entre las que podría destacar dos de ellas: había dos vecinas, que tenían en las puertas de sus respectivos patios, una colección de macetas impresionantemente cuidadas y hermosas, pues bien, una noche de Navidad, algunos “graciosos” del pueblo, entre los que iba el hijo de una de ellas, se dedicaron a cambiarles las treinta o cuarenta macetas que cada una de ellas tenía, con la confusión y el mosqueo que a la mañana siguiente produjo entre las vecinas, por lo menos, mientras que no empezaron a razonar. Aquella misma noche de Navidad, la pila de lavar de una de las vecinas del pueblo fue transportada, con todo su contenido, hasta dos calles más allá, y la dejaron en la puerta de otra vecina del pueblo. Memorable fue pasar al otro día cerca de la vivienda de aquella sencilla mujer, y escuchar la retahíla de insultos que dedicaba a “Los Chicos del Cura” que ella consideraba culpables de la gamberrada.

En términos generales, se podría considerar que la etapa de Paco Clemente fue positiva para la juventud de Alumbres, independientemente de la orientación política que cada uno le haya dado a su futuro, independientemente de las creencias religiosas que cada uno haya decidido secundar, porque para unos y para otros, supuso un período de aprendizaje y formación que de otra forma no habría sido posible. A todos les sirvió para el desarrollo de su vida social posterior.
Jóvenes con D. Francisco Clemente.
También quiero recordar al cura Antonio Bermejo que aunque llevaba la parroquia de Vista Alegre, desde 1968 al 72 compartió domicilio en Alumbres con Paco Clemente, y es de esa gente que deja huella, porque antes que cura, es una persona ejemplar que se hace querer por propios y extraños, y desde que comenzó su andadura por esta zona, hace ya 48 años de los 50 que lleva de sacerdote, se le conoce como un cura obrero que se gana la vida con el sudor de su frente, aunque en la actualidad está jubilado.
En Vista Alegre, que es donde ha estado destinado casi todo este tiempo, me consta que ha realizado una importante labor social, reconocida por creyentes, no creyentes y descreídos, de dentro y fuera del barrio.

El cura de los altavoces, D. Julián Vicente García.
De 1989 a 1993, le tocó el turno a este cura, que no se conformaba con que lo escucharan los feligreses que acudían a misa, y puso altavoces en el exterior de la iglesia, para que nadie del pueblo se quedara sin escuchar sus sermones, y desde el poder que le daban los hábitos religiosos y la megafonía, cada domingo se dedicaba a verter aceradas críticas contra los bares, pubs y discotecas.
Un vecino, le acusó ante la prensa, de negarse a bautizar a sus nietos porque sus padres estaban casados por lo civil, y otro dijo que se había negado a dar la comunión a su hija, una niña de 11 años, porque no era de la parroquia de Alumbres, y por lo visto, tampoco quiso realizar una misa de difuntos a una vecina, porque la mujer había renunciado a los últimos sacramentos.
Durante su corta estancia en Alumbres, mantuvo una actitud permanente de inexplicable enfrentamiento con la población, que llegó a su máxima expresión el día de San Roque de 1993.
Ese día, alrededor de las once de la mañana, cuando la gente joven se divertía en la plaza de la Iglesia, mientras preparaban una moraga para recuperar fuerzas, escucharon atónitos por el altavoz de la iglesia, cómo el cura decía que “las fiestas de San Roque, más que un acto religioso, eran un acto criminal, protagonizado por borrachos y drogadictos”, eso es lo que publicó la prensa al día siguiente.
Parece ser que alguien que estaba escuchando la misa en el interior de la iglesia, le recriminó sus insultantes palabras en el mismo momento que se produjeron, pero el cura lejos de retractarse, o pedir disculpas por sus excesos verbales, se reafirmó en lo dicho.
Diario La Verdad 17-8-1993. Foto: F. Torres
A partir de aquí, se desencadenó la protesta y el abucheo popular a la salida de la iglesia, y aquella misma tarde, la procesión de San Roque que tenía que ser conducida por él la dirigió el cura de Portmán.
Éste cura, sin duda, será difícil de olvidar, porque es un ejemplo de cura poco recomendable para un pueblo libre, por su ciego fanatismo y falta de respeto a fieles y no creyentes, y su intolerancia a las costumbres y creencias de los demás.

De un cura que se cree dueño y señor no sólo de las almas de sus parroquianos, sino también de sus cuerpos, y sus mentes, no se puede decir gran cosa, además de que, posiblemente el hombre se cayó de un cuadro del Greco, o de algún otro de siglos antes del Concilio de Trento y vino a caer en Alumbres ¡A alguien le tenía que tocar la china oye!

lunes, 7 de marzo de 2016

EL COLEGIO NACIONAL


               El Colegio Nacional.
            El pueblo era chiquito, pero eso sí, tenía Colegio Nacional, aunque también pequeño y sin retretes, y la mayoría de los siete maestros y maestras, lo eran simplemente por su fidelidad al pequeño dictador, y no por los inexistentes estudios pedagógicos que hubieran cursado la mayoría de ellos.
Alumnos del Colegio de Alumbres finales años 50. Foto: Cortesía de mi amigo Juancho García
El colegio había sido construido en el solar que dejó el Teatro Eslava, que fue derruido en 1936 previa autorización municipal.
A finales de los años cincuenta, el módulo escolar más pequeño, el que está más al Norte, estaba en ruinas y era utilizado por los alumnos que no iban a la rambla como retrete. Muchos años después se restauró y se utilizó de comedor escolar.
            Sin embargo, el módulo que se construyó hacia los años noventa en el lado Este, en la década de los cincuenta y sesenta era un extenso solar orientado de Norte a Sur, que los críos utilizaban para sus juegos, especialmente el fútbol, tanto en los recreos como fuera de las horas de colegio.
            Fue a finales de la década de los cincuenta, cuando los maestros del colegio, dirigiendo a los chiquillos, sólo a los varones, se decidieron por poblar de árboles los alrededores del colegio. Los maestros dirigían las operaciones y los niños le daban al pico y a las azadas para hacer los hoyos donde se fueron plantando los árboles elegidos. Es posible que la fecha exacta sea la de 1957, pues el día 27 de noviembre de ese año, el régimen franquista, celebraba por primera vez  el “Día del Maestro”.
Ese año de 1957, había en España 1.364.000  niños de entre los seis y los doce años sin escolarizar, y un 13% de analfabetos.
En este ambiente escasamente civilizado, había niños que destacaban notablemente del resto, unos porque procedían de familias que habían padecido menos que otras las rigurosas carencias de la postguerra, otros que, aunque pobres, sus padres se ocupaban directamente de enseñarles sus escasos conocimientos, antes incluso de mandarlos al colegio, y los que más, procedían de padres casi analfabetos, y se tenían que conformar con los pocos conocimientos que eran capaces de transmitirles los maestros, mediante los más persuasivos métodos didácticos de gritos, golpes, arrestos intimidatorios en posición de rodillas y cara a la pared sosteniendo con los brazos en cruz unos pesados libros en las palmas de las manos, amén de los obligados cantos “Con Flores a María”, en primavera, y el  “Cara al Sol”  habitual de cada día.
            Durante una buena temporada no hubo retretes en el colegio masculino, por lo que la rambla era el lugar donde los niños iban a hacer sus necesidades, pero también el pretexto para evadirse de las clases durante un rato, o para resolver diferencias surgidas en las horas de colegio, e incluso para realizar alguna que otra travesura, en grupo o en solitario.
- Maestro puedo ir a cagar.
- Anda vete.
Y enseguida iba otro, y otro más, hasta que el maestro se mosqueaba y cortaba el chorro de evasiones.
            Una vez, uno de esos chiquillos fue de verdad a cagar a la rambla, y tuvo la mala fortuna de ir con demasiadas prisas como para fijarse que se agachaba encima de un avispero, hasta que un número indeterminado de enojados insectos le atacaron en tropel y le aguijonearon sin compasión en todas aquellas partes que habían quedado al descubierto tras la acelerada bajada de pantalones. Entonces, volvió corriendo al colegio llorando como una magdalena por el insoportable dolor que producía aquello y con los pantalones a medio subir, mostraba al maestro la hinchazón de los glúteos y otras  partes más delicadas que por segundos iban tomando proporciones descomunales. En principio, aquella extraña situación provocó la hilaridad de toda la clase, incluido aquí el propio maestro que no pudo contenerse, pero inmediatamente reaccionó y mandó que alguien acompañara al niño a su casa. Una semana más tarde, aquel niño pudo volver al colegio aparentemente recuperado del accidente.
            Algún tiempo después, repararon o construyeron aseos en las escuelas y algunas costumbres infantiles se tuvieron que cambiar irremediablemente.
Clase de D. Julio años 50
            Cuando algún crío llegaba tarde sabía lo que le esperaba, porque  tenía que llamar a la puerta, y entonces salía a abrirla el maestro de la clase más cercana, y éste, tenía la desagradable costumbre de coger al crío por las orejas y conducirlo a su clase tirándole de ellas, con muy malsana satisfacción reflejada en su rostro. Con éste no valía quejarse, o llorar para que dejara de tirarle de las orejas, sino todo lo contrario, cuanto más se quejara el crío con más fuerza tiraba de ellas para arriba.
Clase de D. José años 50
            Quizás el más original era uno que solía castigar a los chiquillos, con dos medios nada comunes, unas veces, cogía alguna de las maderas que servían de marco a los mapas para colgarlos de la pared, y con ella satisfacía sus instintos. En otras ocasiones, se acercaba al crío con una agenda o libro de anotaciones del maestro, de gruesas tapas de cartón duro y le propinaba un par de fuertes golpes en la cara, que dolían más que dos sonoras bofetadas. 

            Había otro maestro, que según se decía entonces, y es posible que con bastante fundamento, que su verdadera profesión era carpintero, pero como había estado en la División Azul y además era un hombre con un mínimo nivel cultural, las autoridades educativas de entonces le asignaron un puesto de maestro en el Colegio Nacional de Alumbres, en lugar de algún otro profesional fiel a la República, que inmediatamente habría sido represaliado, como mínimo, con la prohibición de trabajar como docente en el futuro. A este respecto, hay que recordar que el Profesor y Poeta Antonio Machado, fue expulsado del profesorado español de segunda enseñanza después de muerto, exiliado en Colliure Francia.
Él maestro en cuestión, era sin lugar a dudas, particularmente violento, además de bastante aficionado a la bebida, y tenía instalado en su clase un banco de trabajo de carpintería, en el que confeccionaba su temible colección de palmetas con las que castigaba duramente a sus alumnos, y cuando alguna de ellas se le partía en el ejercicio de su profesión de castigar por cualquier motivo, entonces era inmediatamente reemplazada por otra, que bautizaba con algún nombre que indicaba la finalidad para la que iba a ser dedicada como: D.ª Sinforosa, D.ª Dolorosa, D.ª Angustias, etc.
            La mayoría de sus alumnos le tenían pánico, y cuando les preguntaba la lección enmudecían y no porque no se la supieran, sino por el terror que les infundía el simple hecho de que se dirigiera a ellos personalmente. Un día, se ensañó con uno de esos críos y le estuvo dando golpes hasta que se le partió la palmeta que usaba en ese momento. Cuando llegó a su casa, con el culo enrojecido todavía, se lo contó a sus padres, y aquella misma tarde, el padre y la madre, se presentaron en la clase protestándole airadamente al maestro por el trato inhumano que le había dado a su hijo, y éste que no se andaba con remilgos, cogió uno de los listones que siempre habían en la clase y la emprendió a golpes con los dos progenitores, mientras los echaba fuera del colegio sin contemplaciones. Por supuesto, nunca nadie más osó protestarle a este “maestro”.
Clase de D. Miguel finales de los años 50
Por esas fechas se preparaba a los hijos de los obreros para seguir siendo obreros y nada más. El mismo “maestro” que confeccionaba palmetas con nombres   significativos con las que tenía aterrorizados a todos los chiquillos de la clase, y que se enorgullecía y emocionaba cuando hablaba de sus hazañas bélicas en la División Azul, era el encargado de prepararlos en clases particulares que había que pagarle, para ir a los centros de estudio de Bachiller y Formación Profesional de Cartagena, por supuesto, con un estilo muy fiel al régimen para la selección de los estudiantes que debían cursar unos u otros estudios, dependiendo principalmente del nivel económico, además de las simpatías que la familia podía inspirar al régimen dictatorial.
A finales de los años cincuenta eran muy pocos los alumbreños/as que cursaban estudios en los institutos de Cartagena, y menos aún en las universidades.

            Del grupo de maestras que entonces estuvieron destinadas por aquí, sólo cabría decir que predominó la incompetencia, o por lo menos el desconocimiento de métodos didácticos adecuados, puesto que pocas son las mujeres de aquellos años, que hayan querido ser en la vida algo más que excelentes mujeres y modélicas madres.
Había una maestra que cuando las niñas pedían ir al aseo siempre les respondía:
- Ahora te esperas.
            Al poco se lo volvía a pedir y le volvía a decir:
- Ahora te esperas.
Tantas veces lo negaba que una de las niñas que tenía menos aguante que las demás solía orinarse encima, y cuando menos se lo esperaba se la encontraba en un charco de orines.
Clase de Dª. Lola finales de los años 50
Por entonces, el Plan Marshall americano, no solo decoraba la fachada de la dictadura reconociéndola y sosteniéndola a nivel internacional, sino que además suavizaba su imagen interior instalando grandes industrias a crédito, y enviando importantes remesas de alimentos para la población, que después se tuvo que pagar religiosamente, por supuesto, entre los que hay que recordar por su importancia para la alimentación de la población infantil, la leche en polvo, el queso y la mantequilla, parte de esos alimentos llegaba a los colegios para el desayuno de los críos. Todos los días por la mañana, un par de chiquillos eran elegidos para batir la leche en polvo en una gran olla con agua caliente, y después, a la hora del recreo, se proporcionaba a los alumnos un vaso de leche y una loncha de queso o mantequilla con pan.
            Pero por mucho que a algunos no les agradara el sabor de aquella leche, y que incluso muchas veces hayan puesto cara de asco sólo de recordarla, lo cierto es que para muchos, esa leche, suponía el primer alimento del día, y era bastante en tiempos de tan importantes carencias, en los que la mayoría de los críos iban al colegio con un vaso de café de malta en el cuerpo.

            El escaso atractivo del colegio y las grandes necesidades familiares, eran motivos que llevaban a un buen número de niños a buscar trabajo, incluso antes de cumplir los diez años, como pinches en la construcción, o en las minas, y excepcionalmente de aprendiz en algún taller de la ciudad.
                       
            Antes de este oscuro período escolar, que duró más de 20 años, por lo que se ha podido conocer, los maestros de la Monarquía y de la II República, fueron profesionales, a veces, incluso modélicos, si bien, hay que tener en cuenta, que las condiciones miserables de la mayoría de las familias del pueblo, impedía que todos los críos en edad escolar asistieran al colegio, entre otras cosas, porque muchos de ellos, empezaban a trabajar a edades muy tempranas para ayudar a sus padres a mantener a las numerosas familias de entonces, o tenían que quedarse en casa a cuidar de sus hermanos más pequeños. Por lo que podemos entender que muchos de los nacidos antes de la década de 1940, fuesen casi analfabetos.
Niños con el maestro D. Francisco Maruenda en la puerta de la iglesia.
            No obstante, se sabe que en Alumbres hubo maestro con asignación municipal, por lo menos desde 1813, fecha en la que el pueblo tuvo Ayuntamiento propio, y consta que el primer secretario de este municipio, Pedro José de León, era además el maestro del pueblo. Más tarde, en 1889 se elaboró un proyecto de edificio para la escuela pública y que el primer colegio estuvo ubicado en la plaza Antonio Martínez, y hay constancia de su funcionamiento desde la década de 1910.
Colegio de niñas en la puerta de la iglesia.
                A principios de los sesenta ya empezaron a verse grupos de muchachos que iban al Instituto Bastarreche, a Bazán, o a Maestría, e incluso a los institutos de Bachillerato como el Isaac Peral, o Los Maristas, aunque aquí en menor número, y algunas chicas que iban a Carmelitas o Las Adoratrices. A mediados de la década inició su andadura el Instituto de Repesa como filial del Jiménez de la Espada (antes Isaac Peral), y allí se fueron desviando muchos de los alumnos que a partir de entonces cursaron estudios de bachiller.

            A partir de la década de 1960, empezaron a incorporarse nuevos maestros y maestras al Colegio Nacional de Alumbres, y aunque los primeros en llegar aún tenían la mano un poco larga, lo cierto es que, de ninguna manera se pueden comparar con los de la etapa anterior. Además, por lo que se sabe, después han seguido llegando profesionales de la enseñanza con ideas pedagógicas modernas, que sin duda han dignificado en gran medida la profesión, por lo que sólo las generaciones que los padecimos nos acordamos de aquellos maestros que enseñaban a base de palo y tente tieso.