domingo, 25 de diciembre de 2016

ALGUNOS OFICIOS DESAPARECIDOS

El capataz de tajo y el listero.
Cuanto más duro era el trabajo más notable se hacía la presencia de la tétrica figura del capataz de tiempos pasados, cuya mayor cualidad intelectiva era la obediencia ciega a sus superiores.
Los capataces de tajo, de obra o de filón, que andaban por esos mundos de Dios vociferando sin cesar, eran en general, unos rudos y siniestros individuos cuya misión fundamental consistía en multiplicar sin límites el rendimiento laboral de los obreros que estaban a su cargo, y si alguno se las daba de listo se le enseñaban los músculos que para eso estaban ahí, y por supuesto mantener puntualmente informado al patrón sobre la personalidad y el comportamiento de cada uno de sus trabajadores, con especial dedicación a los llamados protestones que obligaban a pensar a quienes aún tenían amplias zonas del cerebro sin estrenar.
Dibujo: Francisco Atanasio Hernández
A la hora de pagar los salarios siempre se perdía algo en los bolsillos del capataz o del listero, que era el encargado de anotar los jornales del personal, por el camino que iba de las oficinas de la empresa a las manos del obrero. Aprovechándose de que la mayoría eran casi analfabetos y no tenían quienes les defendiera, los sobres siempre llegaban menguados del peso de la calderilla y alguna hora extra, que en lugar de anotársela a él se había anotado en la nómina del capataz o del listero, y algún que otro destajo que tampoco salía en las cuentas, etc.
La mayoría de las veces miseria y compañía sí, pero estos personajillos lo utilizaban para congraciarse con el jefe y demostrarle de lo que serían capaces si éste confiaba plenamente en ellos.
Por entonces estos modelos humanos estaban muy extendidos en el mundo laboral de la época, pero por suerte ni todos eran así, ni en todos los trabajos podían actuar de esa manera.
El paso del tiempo extinguió la figura del capataz, y la informática la del listero ¿O no? ¿Quién sabe tú? Lo mejor es que cada cual reflexione un poco sobre su entorno laboral y saque sus conclusiones.

La minería.
Sin duda alguna, es la actividad laboral más antigua de la zona, y como es sabido, el hallazgo de alumbre en las cercanías del pueblo dio lugar a que nuestro pueblo se llamara Alumbres desde hace casi 5 siglos.
Mina Manolita. Foto: Francisco Atanasio Hernández
Sin embargo, hace ya mucho tiempo que ya nadie trabaja en las minas de los alrededores de Alumbres, pues a principios de la década de 1960 cerraron todas las minas de La Parreta y El Gorguel.
No obstante, la sierra minera de La Unión continuó teniendo actividad extractiva aunque a cielo abierto, hasta que en 1991 cesó definitivamente la actividad en toda la sierra minera.
Sobre la minería en particular, ya publiqué un trabajo anteriormente.

La industria del esparto
El trabajo del esparto tuvo muy larga tradición en Alumbres, sin embargo la aparición en el mercado de productos como el caucho, el plástico o la goma, hacia la mitad del pasado siglo XX paralizó esta profesión, y posteriormente sólo algún que otro lugareño ha realizado trabajos de carácter artesanal.
La industria del esparto en Alumbres, la traté no hace mucho en un artículo sobre el tema en particular.

La venta de pescado ambulante.
En la década de los cincuenta se escuchaba por las calles del pueblo la voz del “Caramel” y Manuel “el Andaluz”, anunciando su pescado que portaban en una cesta o vasija parecida. Este negocio daba para poco pero ellos volvían frecuentemente a vocear por las calles de Alumbres su producto que seguramente obtenían en el puerto de pescadores de Escombreras.
Entonces también vendía pescado “el Ladrillero”, que recorría el pueblo en un carro tirado por un burro al que llamaba Perete.
Poco más tarde comenzaría su andadura en esta actividad, Manuel Hidalgo García  “Manolillo”, que llevaba el pescado en una moto.
Un día, “el Ladrillero” y “Manolillo” pensaron que era mejor para los dos evitar la competencia que se hacían uniendo sus esfuerzos, e iniciaron una nueva etapa de la venta del pescado ambulante en sociedad, transportando el pescado en un pequeño automóvil, con el que llevaban su producto hasta otros pueblos de las cercanías.
Posteriormente, en los años setenta, “Manolillo” abrió la “Pescadería Hidalgo” en la esquina de la calle Mayor con la del Duque,  justo en la esquina del lado sur del edificio donde esté ubicado el Bar San Roque, y durante más de 20 años, él y su mujer Concha mantuvieron atendidos los dos negocios. Todos los días saltaban de la cama para que a partir de las 5 de la mañana, Concha se hiciera cargo del bar, mientras “Manolillo” se iba a la lonja a por pescado para abastecer la pescadería, y según todos los datos que poseo estuvo abierta hasta finales de 1998.
Manuel Hidalgo García, “Manolillo” para los alumbreños, cuando sólo contaba con 57 años, tomó un billete para no sé dónde y se marchó del mundo de los vivos el 30 de mayo de 1994.
En su lápida de mármol dejó constancia del cariño que profesó a este pueblo por medio de unos versos.
                                      Yo. Manolo el pescadero
Único en el mundo entero
El día que yo me llegue a morir
En la piedra que cubra mi tumba,
Tendrán que ponerme un letrero
Con letras grandes que diga:
“Hermanos alumbreños
Y vecinos cartageneros,
Aquí descansa en paz
El rey de los pescaderos”.

                                  Manuel Hidalgo.

Médico y practicante.
Hacia la mitad del siglo, y hasta principios de los años sesenta, el médico del pueblo fue D. Heliodoro Cardona, y Vicente Samper, atendía urgencias, ponía inyecciones y curaba heridas como un ATS moderno, aunque con las limitaciones de la época y las suyas propias. Luego llegó al pueblo en su sustitución el doctor D. José Gutiérrez Meca y el practicante Joaquín Hernández Albaladejo.
D. José Gutiérrez Meca, seguramente es de los pocos galenos que han pasado por este pueblo con verdadera vocación profesional, y que tanto se echa de menos en estos tiempos de insensible materialismo predominante y escaso interés por los problemas de los demás.
Entregado totalmente a su profesión de curar a los enfermos, cuando consideraba que alguien no podía ser atendido debidamente en la consulta del pueblo, le hacía que fuese a su consulta particular de Los Dolores donde disponía de equipamiento suficiente, y si el paciente carecía de recursos económicos, esa circunstancia no iba a suponer ningún problema para ser atendido minuciosamente, además de que no tenía que preocuparse de nada, porque ni la consulta, ni la mayoría de los medicamentos le costarían una peseta.
Todo lo cambia el tiempo, y salvo que se dispone de consultorio médico en horas programadas, y una farmacia bien dotada con un farmacéutico atento y servicial, nada más se puede añadir.

Los leñadores.
Durante mucho tiempo, Ginés Valero “el Chinche”, y sus tres hermanos, “el Pedrolo”, “el Crietas y “el Negrín”, estuvieron dedicados a la labor de recolectar leña en donde la hubiera para luego venderla en los hornos y fraguas de las cercanías.
Cuenta Ginés que cuando terminó la guerra retiraron del trabajo a su padre, “el Tío Popeye”, y que con las 3000 pts., que Franco le daba a los jubilados de una sola vez, ya no había más pensión, se compraron un burro para transportar la leña de los pinos, acebuches (olivos silvestres), encinas, lentiscos, tetraclinis (ciprés de Cartagena), retamas, baladres, y otras especies vegetales abundantes, susceptibles de ser transformadas en leña comercializable que recogían en los montes de Escombreras, La Miguelota, La Fausilla, La Peraleja, Los Rincones, etc.
Cuando iban a por leña era habitual “hacer bola”, que significaba comerse todo lo comestible que llevaran de una vez, para no tener que parar de nuevo hasta la hora de acabar el trabajo. Me dice Ginés que a su hermano Negrín no se lo podían dejar solo con la comida, porque cuando acababa con lo que llevaban para todo el día abandonaba al burro en medio del monte o donde le pillara y se iba a su casa.
Muchas veces eran sorprendidos por los guardias forestales de los cotos, “el Cabila”, o “el Pericaca”, y tenían que evitar que los detuvieran.
Mientras tanto el padre, como era muy mayor para ir al monte se dedicaba a realizar labores propias de lo que hoy se denominaría agente comercial, y buscaba compradores de la leña en los hornos de La Unión, Santa Lucía, La Media Legua, Las Tejeras, y las fraguas del Portazgo  (la de “Perico el Fraguero”) y la de Los Partidarios.
Otros leñadores de la época fueron Ginelo, que también tenía su burro para transportar la leña y Pencho Hernández “el Cali”.
Además no hay que olvidar que en esos tiempos en que estaba escasa la electricidad y los electrodomésticos brillaban por su ausencia, en las casas se cocinaba con leña o carbón, y las estufas también utilizaban estos combustibles, así que era lógico que los vecinos salieran al campo o al monte para abastecerse del material necesario para su propio consumo.

Los areneros.
Las ramblas de las cercanías, en otro tiempo fueron lugares en los que se extraía y cribaba la arena que luego irían a cargar en carros tirados por un burro y un par de mulas, o en camiones, los proveedores de material de construcción de las obras.
Angel Esparza “el Chucho” y Pepe “el Gómez” cargaban sus carros en alguna de las ramblas donde trabajaban haciendo arena, en diversos tajos, Ginés Valero “el Chinche”, Antonio García “el Rojo de la Paloma”, Paco “el Marañón”, Isidoro Madrid “el Mergo”, o Eduardo “ de la Jeroma”.
Ver subir el carro cargado de arena tirado por un burro y una mula por la empinada pendiente de la rambla que hay enfrente de Garrabino, y el corpulento Pepe “el Gómez” empujando por detrás para ayudar a los animales a pasar aquel duro trance, era todo un espectáculo de fuerza digno de aquellos tiempos.
En esa época también se comercializaba la láguena, porque la mayoría de los terrados estaban hechos de colañas (vigas de madera) y tablas que cerraban los huecos, y sobre ellas se echaba una gruesa capa de láguena por su conocido carácter impermeable.

La láguena no es más que pizarra descompuesta, y se cogía de acumulaciones conocidas de este material como la que hay en la falda del monte Calvario.
Ya hace muchos años que no se realizan trabajos de esa naturaleza por aquí.

El encalador.
            Hubo un tiempo en que la mayoría de las fachadas de las viviendas estaban hechas de materiales pobres, o sólo se revocaban, y entonces se acostumbraba a enjalbegarlas de blanca cal para que estuvieran más atractivas. Había quien se hacía de un mocho de palma y él mismo le daba un par de “manos” de cal y la dejaba resplandeciente, pero por mucho que se esmerara, era difícil que no dejara las marcas de los mochazos en la pared, y más cuanto más se espesaba la cal.

            Sin embargo, por esas fechas había también un hombre del pueblo que se dedicaba a encalar paredes por un módico precio. Marcos Barcelona Mercader diluía la cal viva en un depósito que después se colgaba a las espaldas, y moviendo de arriba abajo una palanca, hacía actuar la bomba hidráulica con la que impulsaba la cal a presión por una boquilla perforada, por donde salía la cal más o menos pulverizada. De esta manera, con menos esfuerzo, y más limpieza que con el mocho, Marcos garantizaba un encalado uniforme de la pared en muy poco tiempo.

            Creo que alguien de la familia debería de guardar esa reliquia, por si alguna vez a alguien del pueblo se le ocurriera la grata idea de reunir herramientas y otros útiles del pasado, en algún lugar donde puedan admirarse como si de un museo de antigüedades o algo semejante se tratara.

El sereno.
            Estos trabajadores de la noche realizaban una labor inconmensurable, los serenos eran los que se encargaban de ayudar a las familias que se encontraran necesitados de llamar al médico, al practicante, la comadrona o al cura, y auxiliarlos en todo lo que estuviera dentro de sus posibilidades.
            Cuando no había despertadores, o escaseaban los relojes y los trabajadores tenían que levantarse de madrugada, el sereno era el mejor auxiliar que había en el pueblo. Sólo tenían que decirle al Tío Paco que llamara a la hora que se deseaba y éste iba puntual a despertarlos.
            Este hombre cumplía con su trabajo con profesionalidad, de manera que si no surgía ningún contratiempo, era habitual localizarlo a las 2 de la madrugada sentado en las escalinatas de la iglesia.
            Los domingos recorría las casas del pueblo solicitando una propina voluntaria que le ayudara a mejorar el mísero sueldo. Evidentemente quien más le daba eran los obreros que habitualmente despertaba para ir a su trabajo.
            Entre las funciones del sereno estaban las de encender las bombillas del alumbrado de las calles por la noche y apagarlas por la mañana, una a una, y aunque no había demasiados puntos de luz en el pueblo, sí que estaban distantes entre sí.
Después de Paco “el Sereno”, estuvo otro al que le llamaban por el apodo que definía su defecto físico más notable “el Cojo”.
El jefe de estación y el guardabarreras.
En la década de los sesenta había en Alumbres destinado un jefe de estación, que además despachaba billetes del tren de la FEVE en ventanilla y tenía su domicilio familiar allí mismo, se llamaba Miguel.
Paso a nivel de La Hoya. Foto: Francisco Atanasio Hernández
También había guardabarreras, que eran quienes echaban unas cadenas en los pasos de la vía por La Hoya y El Portazgo, para anunciar el paso inmediato del tren, labor esta que estuvo realizando la madre del Cipri, por lo menos hasta mediados de la década de los sesenta en que se dejó de transportar mineral en el tren.

En la actualidad sólo queda un paso a nivel en La Hoya y aunque no corta el tráfico, está dotado de señales acústicas y luminosas.

Los empleados del cine.
Hasta los años setenta estuvieron abiertos los dos cines de Alumbres, el cine Isabelita de invierno y el de verano, propiedad de Andrés Martínez Cao “Andrés de la Cana”. Durante muchos años los empleados del cine alternaban este trabajo de fines de semana y festivos, en el que obtenían unos ingresos extras, con los habituales de cada uno de ellos.
El maquinista del cine era Juan Reyes. De taquillero estaba Juan Ros Ros, y de porteros y acomodadores recuerdo a Ginés Valero “el Chinche”, José Valero “el Crietas”, y Bartolo “el Visita”.

El celador.
Un funcionario municipal que residía en el pueblo, cuya actividad principal era  esencialmente de policía. Notificaba a domicilio la incorporación a filas de los mozos que tenían que hacer “la mili”, llevaba multas, denunciaba hechos que considerara punibles, controlaba la realización de obras en el pueblo, etc.
En los años cincuenta y sesenta el celador de Alumbres fue Ramón que vivía en la calle Prefumo, y cuando se jubiló hubo otro señor que venía de fuera.
            Este empleo municipal se extinguió con el paso de los años

El trabajo de la caña.
La elaboración de cañizos para diversas utilidades fue una actividad económica secundaria, que no obstante, también producía ingresos nada despreciables en economías de subsistencia en las que todo tenía valor.
Las cañas eran muy apreciadas por sus múltiples aplicaciones, especialmente en la industria de la construcción, pero no exclusivamente.
Entonces eran habituales los cañaverales cerca de lugares húmedos o corrientes de agua. Las cañas se cortaban frescas y se pelaban y utilizaban posteriormente en la fabricación de entramados de cañas, o cañizos, que luego se empleaban en las obras para la construcción de “techos rasos” cubiertos de yeso.

El amolador.
            Era un personaje de mucha utilidad que realizaba su trabajo de calle en calle, ofreciendo sus servicios a los vecinos con una bicicleta que le servía como medio de transporte, pero que de inmediato la adaptaba como herramienta de trabajo para impulsar la piedra de amolar.
            ¡”Afilaor” paraguerooo! ¡afilo “guchillos”, navajas y “estijeras”! ¡estaño barreños y tinajas y arreglo las sombrillas! De esa manera y haciendo sonar insistentemente un instrumento parecido a una armónica reclamaba la presencia de las vecinas que necesitaban afilar los cuchillos de la casa, la navaja del padre de familia que utilizaba para el “trapo”, las tijeras de coser, o reparar el paraguas.
Ponerle un par de lañas de hierro al barreño de arcilla donde la mujer fregaba los utensilios de la cocina, o a la tinaja donde se almacenaba el agua de la casa para beber, y cerrar las grietas con arcilla, así como reparar los paraguas averiados por la fuerza del viento, suponía unas pocas monedas que evitaban la compra de un útil nuevo, cuyo coste podía multiplicarse por varias veces al de la reparación, pues eran tiempos de escasez de todo, y los sueldos, cuando los había, eran insuficientes para vivir dignamente.
Chambilero en la plaza del Ayuntamiento de Cartagena. Foto: Francisco Atanasio Hernández
El Chambilero
Era un vendedor ambulante de temporada, concretamente veraniego y situaba su carrillo en los lugares más concurridos, buscando siempre la venta fácil de su producto para hacerse con unos ingresos que seguro no le darían para mantener a la familia, pero ayudaba. La puerta del cine de verano, en las cercanías del campo de fútbol cuando se disputaba algún partido y la plaza de la Iglesia eran los lugares preferidos.

El herramental era muy sencillo, estaba constituido por un carrillo empujado por el mismo vendedor, con dos o tres depósitos donde llevaba los helados, una caja donde llevar los cucuruchos y las pastas para los sabrosos “cortes”, una cuchara con la que servir los riquísimos chambis de turrón o vainilla, y un recipiente donde enjuagar los vasos y otros útiles.

Andrés Fructuoso, chambilero del Poblado de Repesa. Foto: subida por Zacarías Conesa

El Castañero
Este también era un vendedor ambulante y solía aparecer en las cercanías del invierno, cuando daba gusto calentarse las manos con el cucurucho de castañas calentitas.
Solía ponerse en la orilla de la carretera de Escombreras, cerca de las escalinatas de la plaza de la Iglesia, y nunca faltaba el Día de Todos los Santos, con su carrito repleto de castañas, el brasero y la sartén perforada, luego él ponía el resto del arte anunciando su “negocio”, con su característica voz ronca y apagada. A quien más recuerdo es al Cocheles, y aunque menos, también a Carlos Hernández.

Aunque parezca extraño, todavía se pueden ver al menos dos o tres puestos de castañeros en las calles de Cartagena.
Castañero en la Plaza de la Merced de Cartagena 2015. Foto: Francisco Atanasio Hernández
Castañero en el Paseo de Alfonso XIII Cartagena 2015. Foto: Francisco Atanasio Hernández



Otros oficios que se recuerdan: Guarda forestal; Herrero; Carretero; etc.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

¿PORQUÉ ESTÁ DESMANTELADO EL MONUMENTO DEL SECANTE DE ALUMBRES?

              Desde el pasado mes de julio, por lo menos, vengo observando que el monumento a todos los protagonistas del fútbol alumbreño que hay en El Secante está desmantelado, es decir le faltan las dos placas de metacrilato y el balón que lleva en lo alto.
Así se encuentra el monumento desde el pasado mes de julio. Foto: Francisco Atanasio Hernández
El Monumento el día de su inauguración el 4 de enero de 2009. Foto: Francisco Atanasio Hernández
             Sé que en esta época de feroz materialismo hay mucha gente que pasa ampliamente de las cosas de carácter emotivo y sensiblero, pero es que, por suerte, no todos somos iguales, y hay quienes sentimos verdadera debilidad por algunas de esas pequeñas cosas que otros desprecian o simplemente ignoran.

            No tengo ninguna intención de polemizar, pero resulta extraño que esté desnudo durante tanto tiempo, y el caso es que he preguntado varias veces a otros miembros de la directiva de la SFC Minerva por si sabían algo, pero siempre he obtenido la misma respuesta ¡no sé nada!

            Evidentemente alguien debe de saber algo, el Ayuntamiento, la Junta vecinal y/o el gestor (hasta el pasado mes de octubre era Fulgencio Andreu Reverte).

            Antes que nada lo digo yo, por supuesto que me importa, y por supuesto que estoy muy interesado en saber qué pasa con el monumento, posiblemente sea el que más interés tenga y creo que no me faltan razones.

            1º.- Porque forma parte del mobiliario de las instalaciones deportivas y los gestores tienen la obligación de cuidar y conservar todos y cada uno de los elementos que contienen, pues no es de propiedad particular sino que pertenece al pueblo.

2º.- Porque durante los preparativos del Centenario del Fútbol en Alumbres, en 2008, fui yo quien en una reunión de la directiva, presentó el proyecto de monolito, con la sana intención de homenajear a todos los protagonistas del fútbol alumbreño de todos los tiempos, y además, como la compra de un balón de piedra, granito o mármol, resultaba muy caro, fui yo quien se encargó de hacer dos balones, uno de cemento y otro de escayola, los cuales pinté en mi casa en la Navidad de 2008. También realicé un listado con los nombres de los equipos de Alumbres de todos los tiempos, además de un sencillo poema para el caso, que luego se grabaron en metacrilato, o material parecido.
 Balón de cemento fabricado en mi casa en la Navidad de 2008.Foto: Francisco Atanasio Hernández
                  Balón de escayola fabricado en mi casa en la Navidad de 2008. Foto: Francisco Atanasio Hernández

Como es natural, colaboré también en la construcción de la obra de albañilería, junto a Manolo Tortosa Martínez “el Chaparro” y algún otro compañero más.

Aquí pasa como en tantos otros casos de esta indeseable época, que unos hacen el trabajo y otros se lo apropian.

Por lo tanto, creo que se justifica suficientemente el interés que pongo en este asunto, pero sobre todo, lo que más me motiva, es que esa obra la planifiqué con mucho entusiasmo y cariño, y quiero que perdure y se mantenga en condiciones para que los aficionados al fútbol de las generaciones más recientes y venideras, sepan que el fútbol en Alumbres es más que centenario, y que también aquí, aunque más modestamente que en otros lugares, se recuerda a todos los futbolistas.

A ver si ahora hay alguien que me explique qué está pasando con el monolito y se le devuelve su dignidad.


lunes, 12 de diciembre de 2016

ESTABLECIMIENTOS COMERCIALES DE AYER Y HOY

Las tiendas de comestibles.
Hubo un tiempo en que tener crédito en las tiendas de comestibles del pueblo, podía suponer la diferencia entre darle de comer a la familia y pasar necesidades, y era bastante importante la distancia entre una y otra cosa como para procurar que los tenderos “fiaran” la compra diaria.
Con mucha frecuencia, esta circunstancia fue motivo de fuertes controversias entre el fiador y algún que otro cliente, sobre todo por el alto índice de analfabetismo de los adultos de entonces, que solían sacar las cuentas con garbanzos, habichuelas, o algo parecido y rara vez cuadraban con las del tendero.
La picaresca social estaba tan extendida entre la población en general, por un natural y lógico sentido de supervivencia, que era extraño que los pesos y otros sistemas de medida pesaran o midieran correctamente las cantidades que se pedían. Ni los kilos contenían un kilo, ni los litros llegaban al litro.
Pero a pesar de todos los defectos, y a veces incluso abusos cometidos que se podrían relatar, tenemos que reconocer que si no hubiera sido porque unos tenderos sí, y otros también fiaban las compras de los vecinos, para muchas familias habría sido imposible procurar la alimentación diaria que obtenían por este viejo sistema de crédito.
Interior de la tienda, bar y estanco de Rafael. Foto: Cortesía de Pepe García (nieto de Rafael)
Sistema que por otro lado no tiene mayores defectos que el crédito que hoy te ofrecen las entidades financieras. Incluso podría aventurarme a decir que el de entonces era menos agresivo y más humano que el de los bancos. Sobre todo porque por el sistema de fiado que se empleaba en tiempos pasados, al no haber contrato escrito, ni facturas firmadas, ni nada que garantizara el pago, el vendedor solo tenía la palabra del comprador, y ya se sabe que para alguna gente las palabras se las lleva el viento. En cambio el sistema de crédito de los bancos y cajas de ahorro, aunque te dan todas las facilidades posibles para que obtengas lo que quieres, siempre garantiza el cobro de la deuda, y si tienen que embargarte todos los bienes que tanto esfuerzo te han costado obtener a lo largo de la vida y dejar a la familia en la calle, lo hacen sin que a nadie le tiemble el pulso.
En Alumbres se conocen familias que pasaron por un mal momento y perdieron sus propiedades, porque el banco es un ente sin cara y sin sentimientos que está concebido para obtener los máximos rendimientos económicos en el menor tiempo posible a costa de lo que sea.

Autoservicio Beatriz.
Hay que remontarse muchos años atrás para que la memoria comience a registrar los primeros pasos del “Recovero” y “la Beita” en el campo del establecimiento comercial, que no en el del comercio, porque en este otro, Antonio “el Recovero” llevaba mucha ventaja, pues seguramente le salieron los dientes haciendo negocios de forma ambulante con las aves y los huevos como su apodo indica.
Por aquellos años, de finales de la década de los 50 y principios de los 60, había una pequeña tienda de comestibles en la esquina de las calles Mayor y Parreta, propiedad de Mariano y su esposa Mariquita, que ancianos ya se la vendieron al “Recovero” y su mujer “Beita”.
Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo y aquella tiendecica, se transformó en el extenso supermercado Beatriz, que ocupaba toda la parte de la manzana de viviendas que da a la calle Mayor, desde la calle Parreta a la plaza Primo de Rivera que es por donde tiene la entrada. En la actualidad es propiedad del supermercado SPAR, aunque en la esquina que da a la calle Parreta, justo en el lugar donde estuvo la tienda de Mariano, aún sobrevive una fruteria con la denominación de BEATRIZ, que si la información que poseo es cierta, dirige Eusebio, el hijo mayor.
No se puede negar que el tándem Recovero-Beita fue una máquina bien dotada para los negocios, a la que además hay que reconocerle, que en su momento, fue precursor en la introducción del sistema financiero y sus oficinas en el pueblo.
Nuevo establecimiento Beatriz. Foto: Francisco Atanasio Hernández
El Estanco
Estaba situado en la esquina de la calle Mayor con la del Estaño, y es uno de esos establecimientos comerciales que por haber sido de tradición familiar, fue manteniendo las estructuras de tiempos pasados en los que se concibió como tienda de todo.
Los de mi generación siempre la conocimos como tienda de comestibles, estanco y bar a la vez, que siendo propiedad de Rafael pasó a su hijo Paco y su mujer Anita, y de estos a sus hijos Agustín y Pepe García, cuya actividad mantuvieron limitada a la de bar durante un tiempo.

El Ganino
Esta tienda de comestibles estaba ubicada en una esquina de la calle Mayor con la del Estaño. En los años sesenta se marchó del pueblo.
En ese lugar se estableció luego la carnicería de Fuentes, y después la llevó un tal Paco de Roche. Parece que ahora está cerrada.

Ginés Morales
Era tienda de comestibles de tradición familiar que continuó manteniendo el hijo Pepe Morales Nieto hasta su cierre.
Durante mucho tiempo en este establecimiento comercial también se despachaba pan que hacían diariamente en su propio horno, que estaba en la calle Mayor enfrente de la tienda.
Hace tiempo que el horno de Ginés Morales dejó de hacer pan igual que el del Molinero. A esos hornos se iba a cocer los rollos, cordiales, tortas escardadas y mantecados que preparaban nuestras madres en los años 50 y 60.

Tienda de “Polonia”.
Fulgencio Conesa “el Tiznao”, fue durante mucho tiempo propietario de la tienda de comestibles que popularmente se conocía con el nombre de “Polonia”, situada en la esquina de la plaza Primo de Rivera y la calle Corazón de Jesús.
Fulgencio trabajaba en Garrabino y cuando se retiró, en lugar de cerrar la tienda la puso a nombre de su mujer Apolonia Muñoz Esparza.
La tienda de comestibles cerró en 1990, y después de demolida, se levantó una nueva construcción.

Carnicerías.
En la calle Puente tuvo su carnicería Carmelo y Anica, que además tenía un rebaño de ovejas. Hace muchos años que la cerraron.
Pepe el carnicero tuvo la suya en la calle Mayor frente al Bar San Roque, y en la plaza de la Iglesia estuvo abierta la carnicería de Ascensión, que cerró hace muchos años porque sus hijos José, Antonia y Leonardo Mendoza Lorente decidieron dedicarse a otras actividades. La carnicería de Ginés estaba en la calle Duque, al lado de la farmacia. Actualmente no hay carnicerías en el pueblo.

El kiosco del “Mergo”
Isidoro Madrid “el Mergo”, estaba afectado por la silicosis, terrible enfermedad adquirida en las labores de la minería, y con este pequeño “negocio”, conseguía un complemento económico con el que sacar a su familia adelante. Estaba instalado en la plaza de la Iglesia, casi enfrente del Bar El Patio.
Isidoro Madrid “el Mergo” posando en la puerta del Kiosco
Tienda de Andrés.
Cuando a principios de los setenta se construyeron los Chalet en la zona de La Hoya, puso tienda de comestibles Andrés, y durante muchos años dio servicio a los vecinos de La Hoya, pero hace tiempo que cerró el negocio.

Panaderías.
Las panaderías del pueblo ligadas a los hornos de Ginés Morales y el Molinero desaparecieron con ellos, y en la actualidad el pan se puede adquirir en la panadería confitería San Roque o en otros comercios de comestibles.

Barberías y peluquerías.
En otros tiempos a los establecimientos donde se cortaba el pelo se les llamaba barberías y en Alumbres había dos, ambas ubicadas en la calle Mayor, una al lado de la otra.
Cada uno de los barberos tenía su propio estilo de pelado, y entre los críos se sabía quién se pelaba en la barbería de Gonzalo Ruiz o en la de Jacinto Samper, que relevó a su padre Vicente en el oficio.
Gonzalo cortaba el pelo muy cortito, y las patillas las dejaba rectas (ahora está de moda llevar la cabeza rapada, y muchos jóvenes se cortan las patillas rectas). Entre los chiquillos de la época era muy comentado que a veces mientras pelaba, la mujer de Gonzalo, que trabajaba en Garrabino, le llevaba una yema de huevo en el interior de un vaso de vino dulce, que el hombre se tomaba sin pestañear, pues entonces se decía que aquella bebida proporcionaba muchas energías, aunque también un aliento desagradable si se escapaba un eructo, cosa que entonces tampoco estaba mal vista.
Jacinto más joven que Gonzalo, y creo que hasta con mejor vista, realizaba pelados más acorde a los gustos infantiles y juveniles de la época. No es casual que cuando los jóvenes empezaban a trabajar y disponer de recursos económicos propios, buscaran otros lugares donde arreglarse el pelo más a la moda.
Luego surgieron otras peluquerías, entre las que sé que continúa su actividad, la peluquería COCO de señora y caballero, Peluquería Unisex Mayte y también Mili Estética, aunque ésta no es exactamente una peluquería.

Bar San Roque.
Manuel Hidalgo García, más conocido por “Manolillo” llegó a nuestra tierra con las manos vacías y la cabeza llena de sueños a mediados de los años cincuenta. Venía de Salobreña, un pequeño pueblo de Granada donde nació en 1937, y aquí conoció a la alumbreña Concha Reche Jiménez, con la que contrajo matrimonio en junio de 1962.
Su actividad laboral fue muy variada, pues no poseía estudios ni profesión. Trabajó en la construcción, en las minas, en Garrabino,... hasta que se inclinó por la venta ambulante de pescado, primero en moto y después en coche, y luego en su pescadería.
Hacia 1970, Andrés “de la Cana” le alquiló el bar del cine Isabelita, para cuyo acondicionamiento y puesta en funcionamiento tuvo que endeudarse hasta el cuello, pero lo transformó en un bar moderno, cambiando incluso la ubicación de la barra, que pasó de estar a la derecha conforme se entra a situarse enfrente, y en lo que antes era la taquilla del cine y la puerta que comunicaba el vestíbulo del cine con el bar, pasó a ser la cocina del establecimiento. Estamos hablando del Bar San Roque, que creo que después de las reformas de “Manolillo”  no ha vuelto a sufrir ninguna otra, ni siquiera el nombre comercial.
Antes que Manolillo vimos tras la barra de ese bar en los años 60 a Diego Martínez López (el Piri), y también a Amaro Celdrán.
Está donde siempre en el nº 56 de la calle Mayor, sólo que desde hace años lo dirige y administra Eugenio Vilar Morell que es el responsable de la buena marcha del negocio, y parece que está especializado en asiáticos y tapas variadas, aunque también sirve comidas.

Bar El Patio.
Amaro Celdrán ”Amarito”, era uno de esos alumbreños castizos que sólo salió del pueblo de forma coyuntural, porque casi siempre residió en Alumbres. Su larga actividad laboral siempre la desarrolló alrededor de la hostelería. 
En los años sesenta, montó su propio negocio en la plaza de la Iglesia, el Bar El Patio, y también se hizo cargo del bar del Cine Isabelita que le arrendó Andrés “de la Cana”.
En aquellos primeros años de la década, los jóvenes en especial, pero también los adultos, frecuentábamos con mucha asiduidad El Patio, para jugar una partida a las máquinas, o a las cartas, o simplemente para tomar un refresco mientras se escuchaba música. Este era un bar moderno para aquellos tiempos cutres que corrían, y rompía los moldes de la concepción de bar que se tenía en el pueblo.
Sin embargo la verdadera revolución del Bar El Patio llegó algo después, cuando Amaro puso en la barra para servir a los clientes, a alguna que otra joven bien dotada de los encantos femeninos necesarios como para atraer al panal de miel a los moscones de aquí y a otros muchos de fuera.
En él se desarrollaron acontecimientos memorables para el pueblo, como el primer Baile del Vermut celebrado en las Fiestas de San Roque de 1965.
Interior del Bar El Patio. Foto: cortesía de Antonio Manzanera
Posteriormente, Amaro abrió también el Bar El Patio para la estación de invierno, justo enfrente del otro, cuyo edificio antes fue el domicilio de su familia.
En 1969, Lola Lemos, veterana actriz de teatro, tuvo la amabilidad de venir a Alumbres a presenciar un ensayo del grupo de teatro alumbreño Amigos de La Tierra, y después estuvieron en el Bar El Patio tomando unas copas.
El Bar El Patio, hace ya muchos años que cerró sus puertas.

La Bodega.
Es un bar que se instaló en nuestro pueblo hace ya más de 20 años, según creo desde 1994. Los responsables de su buen funcionamiento son los hermanos Velasco, y se encuentra en la esquina de la calle Mayor y la calle Prefumo.
Hace años decían sus propietarios que su especialidad eran los vinos y las tapas caseras, aunque con el tiempo han ido ampliando sus ofertas, y por lo que sé también sirven desayunos, almuerzos, menús diarios y celebraciones. Además, he oído decir que hace un tiempo adquirieron también el local donde estuvo la tienda de Rafael.
En este lugar hubo antes una tienda de comestibles que tuvo diversos propietarios. Recuerdo a Gregorio Sánchez que vivía en El Turbinto, y también a Encarnita, y posteriormente a Rosa.

Bar la plaza
Este bar está ubicado en la Plaza de la Iglesia, o como según reza en la placa Municipal, Plaza Dr. Estrada.
Es un establecimiento relativamente joven, pues si mis datos no me fallan no tiene más de tres o cuatro años.
Está especializado en tapas, Café y copas, y ofrece música para la distracción de los clientes. El responsable de su buen funcionamiento es Kiko Celdrán.

El bar del Casino.
El local social de la Sociedad de Fomento y Cultura Minerva, conocida popularmente como Casino o Sociedad, desde principios de los años setenta, está ubicada en el edificio que hay entre las calles Progreso y Milagrosa, con entrada por el Malecón, aunque antes estuvo donde está la tienda de Ginés Morales, y luego en el edificio de ladrillo visto que hay entre la calle Mayor, Prefumo y Parreta, teniendo la entrada por la calle Prefumo, algunas de sus ventanas dan a la calle Mayor, y el fondo del local a la calle Parreta.
El bar del Casino, Tiempo atrás, siempre lo llevó un socio bajo las normas de apertura, cierre, y política de precios marcada por la directiva de turno, de cuya labor el encargado del bar obtenía unos ingresos que ayudaban a la economía de su familia.
En esa barra han estado despachando artículos propios de su actividad alumbreños como “el Trabuco” y su mujer Cari, “Manolillo”, Paco “el Chapetas”, Nazario, Jeromo “el Barracas”, Andrés García, y en la actualidad Antonio Nicolás “el Fari”
En los setenta, se empezó a celebrar la fiesta de Nochevieja, y desde entonces aquí ha evolucionado positivamente dando un servicio más al pueblo, de manera que se ha podido ver cómo la Nochebuena de 2004, por ejemplo, también se utilizaba para la obtención de recursos económicos por la Comisión de Fiestas de San Roque.
En la actualidad, como en numerosas ocasiones del pasado, sus salones se siguen utilizando para la celebración del Baile del Vermut en las fiestas de San Roque y otros actos populares.

Cafetería Hidalgo.
Manuel Hidalgo Reche “Manolillo hijo”, inauguró la cafetería bocatería Hidalgo en 1992, según me dijo él mismo hace tiempo. El hijo de “Manolillo” quería continuar la tradición de su padre y durante un largo período mantuvo el bar con ese propósito, aunque en la actualidad lo lleva otra persona que no conozco.

            El Gómez.
Era un negocio familiar que estaba en la esquina de la calle Mayor y la calle Jazmín, y que en los últimos tiempos en que estuvo abierto, servía para que Pepe y su hermana soltera se ayudaran un poco.
Un bar típico de copeo casi en exclusiva, concebido en su origen para una clientela de generaciones anteriores a las del cubata, de costumbres pasadas de moda, y que había cambiado muy poco en el transcurso del tiempo. La venta de golosinas junto con algunos refrescos, a malas penas servía para mantener abierto el local.
De todas formas mientras estuvo abierto, durante las fiestas de San Roque siempre tenía clientela juvenil que le gustaba entrar a tomarse unas copitas de “maricón”.
Hace mucho tiempo que cerró, y en su lugar se construyeron nuevas viviendas.

Bar Las Planchas.
Este bar se abrió en la década de los sesenta coincidiendo con la terminación del bloque de viviendas donde está ubicado, en la esquina de la calle Mayor y la plaza Primo de Rivera.
Desde su inauguración lo llevó Ginés Raja y su mujer Fina, y en sus inicios significó un lugar más de encuentro y distracción de los jóvenes que íbamos a jugarnos unos cubatas a las cartas.
Después lo llevó su hijo Ginés, porque el tiempo pasa y nos hace mayores a todos. Me han dicho, que en la actualidad defiende el negocio Fermín, hijo de Matilde.

Bar de Mariano “el Bigotes”.
Este es de los establecimientos de otra época que he decidido denominar de venta de todo, comestibles, bebidas y tabaco. Por su ubicación al final de la calle Virgen de la Caridad en El Portazgo, al lado de la parada de los autobuses de Cartagena-La Unión y viceversa, siempre lo conocí como un negocio de clientes esencialmente de paso, ya que nunca hubo en el barrio más de 30 o 40 viviendas, aunque no hay que olvidar que a los vecinos de otros tiempos les venía bien.
Antes de la construcción de la circunvalación de la carretera de Escombreras, la espera de la banda de música en El Portazgo se hacía llevadera, por lo entretenido que resultaba estar dando viajes al bar a tomarse unas copitas hasta dejarlo sin existencias de “maricón”, y otras bebidas por el estilo.
Hace años ya que el bar de Mariano “el Bigotes” se convirtió en un solar, igual que la mayoría de viviendas del antiguo barrio del Portazgo, aunque aún quedan en pie cuatro viviendas.

La Granja Park.
Entre Alumbres y Borricén, frente a la estación de la FEVE de Alumbres, en las Casas de la Cruz, que fue la finca de Pérez, se encuentra este establecimiento que ofrece distracciones infantiles y servicio de restaurante para familias y celebraciones. Además ofrece servicios de equitación.
El restaurante La Casona de la Granja forma parte del mismo complejo y según dicen siempre está abierto.

El Tío Pepe el del Carro.
Venía de Cartagena en una tartana, y ofrecía a sus clientes un vale para que pudieran ir a comprar a crédito ropa para vestir a la familia en varias tiendas de Cartagena.
Aquella era una forma de vestir que propició que muchas familias pudieran cambiar de vestuario más frecuentemente, en tiempos en que lo frecuente era la escasez de recursos económicos.
Con esos vales que el Tío Pepe emitía avalaba la compra de ropa de la persona que lo portaba en las tiendas señaladas, y después él se encargaría de ir cobrando periódicamente a domicilio la “cuenta realizada”.

Otros comercios y/o negocios.
Tienda de Caragoli.
En principio, esta tienda estuvo ideada para la venta de artículos de pesca y jardinería, incluso el nombre Caragoli, que significa caracolillo o caracol pequeño, alude a un molusco, y sin embargo pronto tuvieron que ampliar la oferta de artículos de venta, y terminaron vendiendo de todo.
Valentín Navarro Barcelona y Conchi Díaz Martínez fueron sus promotores, y la abrieron al público en 1986 en el rincón de al lado de la tienda de electrodomésticos del Cacharro, y la cerraron en 1995.
Hace tiempo, Valentín me dijo que no tenía ninguna duda, de que Caragoli fue la primera tienda del estilo todo cien moderno que hubo en Alumbres, aunque sin pretenderlo.

Pequeños comercios hay varios en Alumbres, entre los que puedo mencionar, la Papelería de Papel en Papel, un kiosco que hay en el paseo del Malecón, otro en la plaza de la Iglesia y puede que haya algunos establecimientos más.