jueves, 14 de diciembre de 2017

EL LAZARILLO Y LA SANTA COMPAÑA

Tras la idealizada transición política española, tal y como la entendemos, se esconde uno de los períodos políticos más oscuros y nauseabundos de la historia contemporánea española.
Los franquistas, que fueron quienes impusieron los “cambios”, una vez que sacaron adelante una Constitución que no sólo no rompía con el franquismo, sino que lo consagraba con la aceptación de una monarquía designada por el golpista, dictador y genocida Francisco Franco, debidamente camuflados en todas las organizaciones políticas y sociales supuestamente democráticas del país, pusieron en marcha un proceso inquisitorial sin precedentes, ensañándose especialmente con aquellos elementos antifranquistas más destacados en los diversos frentes de la sociedad, que se negaron a doblegarse a cambio de prebendas, o puestos de dirección en los incipientes partidos políticos y sindicatos, o en la Administración del Estado o Municipal.
Por esas cenagosas fechas, a los personajes que practicaban el acoso laboral, luego llamado mobbing, se les consideraba personas sociables y muy virtuosas, y desde todos los ámbitos se les aplaudía y premiaba con indecentes ascensos en el escalafón político y sindical y por supuesto en el laboral.
De ahí, la parodia que escribí hace muchos años, dedicada a la especie protegida que actuaba con especial ensañamiento y total impunidad, en tiempos en los que la empalagosa palabra mágica que esos mismos individuos empleaban, era reconciliación.

EL LAZARILLO Y LA SANTA COMPAÑA

            Dicen que, al principio de los tiempos fue un mesías, “El Salvador de los Menesterosos” le llamaban, quien según las escrituras que sus acólitos llaman sagradas, viajó a la tierra desde el Reino de las Tinieblas para redimir de todas sus maldades, a muchos vivos que andan sueltos por ahí, camuflados entre la gente más sencilla, y a otros mucho más vivales todavía, que por suerte, aún son minoría.
 
Dibujo: Francisco Atanasio Hernández
            Fue entonces, cuando aquel enviado, de no se sabe bien qué gloriosa entidad, viendo que la grey andaba a tontas y a locas por esos mundos, más despistado que una cabra en un garaje, que se dirigió al antiquísimo cementerio de San Judas, a ver si podía resucitar a alguno de los menos muertos, y a ser posible que fuese de lo más vivo, y se dispuso de inmediato a invocarles en el nombre del padre, de la madre, y del resto de su numerosísima familia siciliana, que mientras tanto preparaban sus afilados útiles de despachar molestas realidades que suelen surgir de donde menos te lo esperas.
-Lázaro, levántate y anda rápido a conducir el rebaño al matadero que se hace tarde.
Y El Lazarillo, se levantó de su tranquilo y mullido sillón y dijo entre dientes para que no se le entendiera:
-Poderoso señor que devuelves la virtud a los cuerpos putrefactos, dame armas para combatir a las ovejas negras del redil y yo te mostraré cómo las gasta un servidor.
            Y con tan alta encomienda, El Lazarillo, cogió el sendero de la peregrinación que le conducía directamente hacia el lugar de donde procedía un esplendoroso y atrayente resplandor de monedas de diez mil y euros por estrenar, y se reunió con sus mejores discípulos en torno a una gran mesa de caoba repleta de manjares, que iban a consumir en confraternidad acompañados de un fabuloso vino de reserva “Vega Sicilia”, reservado sólo para paladares selectos, y por supuesto para acontecimientos de especial relevancia como éste, y durante la cena, a cada uno de ellos les hizo entrega de un hermoso rosario con abalorios de los dientes de marfil de una doncella del martirologio de la congregación, y una navaja multiusos para lo que pudiera hacer falta.

            Días después, estaba la Magdalena apoyada en el brocal de su pozo de pasión, de donde bebía entusiasmado y con manifiesta fruición, un sediento y sudoroso beduino, cuando llegaron en tropel los borregos del mesías, dispuestos también a aplacar su inmensa sed en las suculentas y codiciadas fuentes de la hermosa mujer, y ella, siempre desprendida, siempre complaciente con el prójimo, no pudo negarles un relajante traguito de su inagotable manantial de generosidad, eso sí, a un precio realmente módico, porque según ella misma decía.
-Todos tienen derecho a satisfacer sus necesidades vitales, sin que para ello haya que distinguir entre ricos y pobres siempre que paguen mis servicios.
            Todos pudieron comprobar por sí mismos, la capacidad de trabajo y de persuasión que tenía la Magdalena, e inmediatamente, después de lo primero, que era saciar la sed, le propusieron formar parte de la misión, a cambio de una importante compensación económica que ella no pudo rechazar, sobre todo, porque también tenía derecho a obtener recursos suficientes y dignos a cambio de su trabajo y evidentemente por los amplísimos conocimientos de la profesión que estaba demostrando públicamente.
Rápidamente convencida y convertida para la causa, y dadas sus grandes dotes para la comunicación con los hombres, ofreció todo su cuerpo y un poco menos del alma, para la captación y militancia de nuevos fieles, y tuvo la magnífica idea de construir un nigth club junto al pozo artesano donde inició su reconocida y fructífera carrera, con lo que le dio más dinamismo y popularidad a su dilatada actividad filantrópica.
Y el número de adictos creció y creció y se multiplicó cada día, atraídos por el inmenso y despampanante plantel de exóticas flores del jardín de la Magdalena, y hubo que reclutar urgentemente a otras siervas para que se entregaran a la abnegada misión, y buscando y rebuscando por esos mundos se tropezaron con una casa blanca, que  lo era sólo por fuera, porque por dentro parecía bastante sórdida. Allí, en ese antro, estudiaba, muy aplicada ella, con sus sensuales labios de becaria y todo lo demás, una tal Apalankiwski, que sumaba importantes méritos académicos practicando felaciones por los despachos a la hora del café, como si de deliciosos chupa chups se tratara. Porque según se decía, se preparaba concienzudamente para un inminente futuro de intensas y promiscuas relaciones humanas, que, sin duda, habría de darle sus más suculentos frutos cuando se sumara a la congregación, a cambio de que se dedicara a contar en los mercadillos sus “Secretos de Despacho”, pero eso sí,  por capítulos, al interesante precio de un dólar de plata por cabeza y capítulo, que aunque pudiera parecer otra cosa, según ella misma decía, carecía de interés crematístico por el asunto, si bien creía que era justo que las cotillas del barrio pagaran su precio a tan distinguida afición.
Dibujo y foto: Francisco Atanasio Hernández
Sin embargo, otra cosa es lo que dicen las escrituras más distinguidas sobre la señora del jefe de las oficinas, que aunque muy remilgada ella, al parecer, tenía una exquisita educación femenina y feminista, y ni tuvo ataques de celos por lo de la Apalankiwski, ni de cuernos, sino todo lo contrario, porque en realidad le estaba eternamente agradecida por haberle descargado de tan impagable labor, que sin duda habría tenido que realizar ella alguno de aquellos días.
            Iban andando y andando un poco despistados, cuando de pronto, dieron de bruces con un rebaño de ovejas negras descarriadas que se dejaban mansamente conducir por la minúscula luz de la lejana constelación del Carrillo de Santiago, que por entonces venía cargado de relucientes y siempre revitalizantes y magnéticos rublos, que aunque comunistas, según decían los más entendidos en el arte del trapicheo y otras mercaderías, no había que hacerles ascos, y en todo caso se vuelven a bendecir y punto.
-¡Que un dulce siempre viene bien, venga de donde venga, oye!
Y decidieron fomentar su abnegada labor apostólica ante la irreductible luz cegadora de la pasta. Allí, el mesiánico ejemplar y sus cuatro apóstoles de confianza, llenarían sus amplísimas alforjas con productos procedentes de la séptima tentación, como si nunca hubieran probado un bocado tan exquisito.
            Entonces fue cuando implantaron la división del trabajo, y se establecieron categorías profesionales para el adecuado reparto de tareas en la Compañía, y por supuesto, la distribución de dividendos, e incluso descubrieron una nueva profesión y fundaron el nuevo y gratificante gremio de los “Reciclados Practicantes”, donde se transfugaron con un rebaño descarriado, orientado y dirigido por una descomunal oveja parda, aunque, a decir verdad, sólo estuvieron allí el tiempo imprescindible para apoderarse de sus verdes y suculentos pastizales y de asegurarse un futuro profesional prometedor, asignándose los siempre sacrificados e ingratos cargos de pastores de la manada, y por supuesto los de recaudadores de dádivas y otras ofrendas, para la filantrópica y Santa Obra.
            Y fue cuando los apóstoles volvieron a ver el resplandor de una inconmensurable montaña de duros y pesetas de curso legal y gritaron todos sin poder contenerse,
-¡Aleluya!
Y rápidamente pusieron un cartel en el portalón del aprisco en el que se leía:
-¡Se vende, precio de saldo!
Pero como no pudieron venderlo porque algunas ovejas negras se encadenaron a él, en señal de airada protesta y oposición al lucrativo negocio propuesto, entonces pusieron otro cartel,
-¡Corderos del enviado, seguid nuestros pasos, que vamos a hacer de este infierno el paraíso más esplendoroso!
            Y allí, instalados en el nuevo mercadillo, estuvieron felizmente aposentados, durante mucho tiempo haciendo alarde de su gran ubicuidad, hasta que un pésimo día, una oveja negra mal encarada, le dijo con muy mala leche al Lazarillo,
¡Oye, hueles que apestas! ¿Es que no te lavas?
Y los demás borregos, hartos ya de tanta porquería, se les sublevaron y expulsaron de aquel paraíso particular al feliz cuarteto de “Chupones Practicantes”, y dicen además otras escrituras que discurren por otros senderos más escabrosos y menos benditos que los oficiales, que tuvieron que gastar cantidades industriales de desodorante para neutralizar el penetrante hedor a putrefacción que dejaron por allí dentro.
Dibujo: Francisco Atanasio Hernández
            El Lazarillo y la Santa Compaña, acongojados por la irreparable pérdida de tan cómodos y lucrativos sillones, se detuvieron a descansar una temporada en el cortijo de un entrañable socio y colega de toda la vida, y se liaron un chinazo alucinante que les hizo ver la gloria una vez más, bajo la refrescante y mullida sombra de un olivo centenario.
            Y entonces se escuchó de nuevo la nostálgica voz de ultratumba del Redentor de los Necesitados,

-¡Ah, qué tiempos aquéllos, en que los cuatro apóstoles de mi creación, dedicaban sus medallas a la Santa Corrupción!